En ruta por Kazajistán

Etapa Shymkent – Almaty. Nos hemos hecho una etapa de unos 700 kilómetros para llegar hasta Almaty, antigua capital y ciudad principal de Kazajistán. Durante el trayecto nos hemos encontrado carreteras buenas, malas, regulares y muy malas. Una cosa que nos está llamando la atención es la cantidad de carreteras en obras que nos estamos encontrando desde que comenzamos la ruta. Son un incordio porque suelen estar muy mal señalizadas y con tramos de camino de cabras, chupando polvo entre camiones y excavadoras, pero por otro lado indica que los países por los que pasamos están mejorando sus infraestructuras.

El “restaurante” de carretera en el que hemos hecho un alto en el camino, nada que ver con los AutoGrill que nos encontrábamos cuando atravesamos el sur de Europa era un pequeño oasis con árboles frondosos y una pequeña charca con un microclima muy agradable. Como siempre una estructuras de metal medio metro sobre el suelo donde te sientas descalzo, comes tranquilamente y hasta puedes echar una cabezadita. Hemos comido la típica sopa rusa (borsht) con el típico arroz centroasiático (plov), rodeados de camioneros en su momento de siesta. Aquí un momento toilette al fresco.

Si hace unos días disfrutamos de unas sandías memorables en Irán, esta vez han sido unos sabrosos melones los que hemos merendado, sentados al lado de la carretera con una familia muy agradable. Desde Irán venimos viendo infinidad de sandías y melones a la venta al pie de la carretera, algunos están para la venta al viajero, aunque también hemos visto muchos camiones cargando para vender al por mayor.

En la carretera hemos visto que se vendía casi cualquier cosa, desde las mencionadas garrafas de gasolina hasta artesanía, pasando por todo tipo de fruta, agua fresca, refrescos, dulces… hoy nos han llamado la atención una zona con vendedoras de miel que hacían unos gestos muy curiosos invitando a parar a probar la miel en su tenderete a cada coche que pasaba. Dependiendo de la vendedora, podía parecer sugerente, cómico o directamente aterrador.

Hemos llegado a Almaty tarde, muy tarde, y aún hemos tardado casi hora y media en ubicarnos -sin mapa, sin nombres de las calles y los que estaban en cirílico (los profundos conocimientos de griego clásico aprendidos por Sergio en el instituto a veces no son suficientes)- y en encontrar un hotel. Seguramente si trajéramos un GPS y reserva previa en buenos hoteles la entrada en la ciudad sería mucho más fácil, pero perderse, preguntar, callejear, volver a preguntar y volver a perderse es parte de la gracia de este viaje. El hotel donde nos quedamos es caro y tétrico, pero es la tónica general de la oferta hotelera en esta ciudad, venimos lo bastante cansados como para dormir en un colchón donde se sienten en la espalda cada uno de los muelles.

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