La crisis energética

Uzbekistán, que no está tan agraciado con reservas de combustibles fósiles como sus vecinos, sufre de vez en cuando (varias veces al año, parece ser) crisis energéticas. Esto quiere decir que, de repente, se acaba la gasolina y las miles de gasolineras que, más que en ningún otro país de la zona, abundan en las carreteras uzbekas, cierran por falta de material que servir. Y eso es lo que ha pasado esta semana en Uzbekistán: no gasolina, no viaje.

Ya nos lo habían avisado en Bukhara, pero fue de camino a Samarkanda cuando vimos o bien kilométricas colas o bien gasolineras cerradas. Hasta Samarkanda nuestro depósito aguantó, pero ya en el corazón de la ruta de la seda hubo que echar mano del “black market”. Asi que, ayudados por gente del hotel, llamamos a un taxista (un frustrado piloto de rallies urbanos) que nos llevó a un taller mecánico que vendía el preciado combustible. No, señores, no. Eso que veíamos  en garrafas transparentes de 5 litros vendiéndose en la calle no era aceite, ¡¡era gasolina!! Una gran familia con la abuela a la cabeza nos llenó nuestra garrafa de 20 litros con gasolina de 91 octanos (no está mal), que pagamos 4 veces más cara que en la gasolinera. Aún así, ese precio apenas supera lo que se paga en España y ni se acerca a la barbaridad que pagamos en Turquía.

Tras hacer uso del embudo y perfumarnos manos y pies del delicioso aroma de la “benzine”, estábamos listos para un nuevo paseo por Samarkanda, quizá la ciudad más conocida de la ruta de la seda, espectacular e impactante. Grandiosas medressas (escuelas coránicas) junto a preciosas mezquitas, en un ambiente muy cuidado y, se nota, bastante turístico.

Pero como el viaje sigue, emprendimos, no sin antes ver al menos otros 10 equipos del Mongol Rally que llegaban a Samarkanda, nuestro camino a Tashkent, la capital uzbeka. Lo que prometía ser un tranquilo viaje de 250 km se convirtió en una tortuosa travesía por carreteras cortadas, desvíos que no aparecen en los mapas y, sobre todo, controles policiales. Hasta 3 veces nos paró la “militsia” uzbeka para pedir “pasaporti”, “machina pasaporti” y papeles varios. Nuestra cara de empanados turistas sigue funcionando, pero con uno de los polis estuvimos a punto de tener problemas. Llevó a Sergio a una garita, amenazó por poner una multa por dios sabe qué infracción, y se sacó su fajo de dinero apuntando con el índice a los bolsillos del pobre español, que extremó sus dotes interpretativas, se llevó la mano a la boca, se sacó los bolsillos en señal de pobreza extrema y, tras unos minutos de silencio, el poli le dejó marchar entre suspiros. Descanso, merecido, en el “Grand Hotel Orzu”, que tiene…¡PISCINA! Kazajistán espera hoy mismo, si la frontera nos lo permite.

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